Era un viernes casi como cualquier otro, salvo que tenía consulta en el Hospital de Clínicas. Era mi primera vez.
Me levanté más temprano de lo habitual y si bien hacía un poco de frío, no era para tanto. Nada que un saquito no pueda solucionar.
Me dispuse a emprender viaje hasta San Lorenzo y ya llegando a la zona del nosocomio pregunté en cuál de las entradas sobre Mcal. López debía ingresar, me dijeron que en la segunda, de manera que así lo hice.
Era mi primera ida a consultar a dicho hospital, por lo tanto fui siguiendo los carteles y busqué el que indicaba: Oftalmología.
Durante los metros que fui recorriendo me crucé con personas de todas las edades, tanto hombres como mujeres, a pie, en vehículos, algunos niños en brazos de sus madres, ancianos en sillas de ruedas, etc.
Cuando por fín ubiqué el cartel, seguí las flechas que me llevarían hasta la zona de consultorios y al llegar me senté a esperar que llamen mi nombre.
En la sala de espera -que estaba dividida por un pasillo- creo que más de 80 personas esperaban lo mismo que yo: escuchar sus nombres, pronunciados por los doctores, que los habilitaba a ingresar a contar el motivo de consulta.
Personas entrando y saliendo de los consultorios, cruzando el pasillo, hablando por teléfono, conversando con el de alado, tomando mate, todas diferentes pero tenían algo en común: las ganas de consultar.
Luego de algún tiempo de espera, vi los primeros rostros conocidos. Amigos que me regaló el paso por el cursillo de Medicina en pleno desarrollo de sus funciones, atendiendo a las personas que estaban esperando su turno. No pude evitar emocionarme. Ver rostros conocidos, rostros amigos en el gran Hospital de Clínicas sin lugar a dudas fue una de las cosas lindas del viernes. Uno de ellos me vio y se acercó a preguntar si estaba acompañando a alguien o si iba a consultar. "Avisame cualquier cosa" fue el resultado de la breve pero muy grata conversación.
Luego llegó mi momento. El doctor Osvaldo Miguel Torres Duarte -para que no queden dudas- dijo mi nombre y accedí a la sala. Creo que fue el instante más emotivo del dia. Mi compañero de toda la vida, desde el pre-escolar hasta el 6to curso y sobre todo, mi gran amigo, me estaba recibiendo. Un abrazo marcó el inicio de la consulta y le expliqué el motivo de mi visita. Con la sonrisa y el buen humor que le caracterizan empezó su trabajo.
Después de varios controles con aparatos oftalmológicos -que evidentemente desconozco los nombres- me indicó que le acompañe a otro sector del Hospital para continuar con la inspección ocular.
En el camino me encontré con otros amigos que hicieron que me sienta doblemente querida y sentí la sensación más grata: a pesar del tiempo, el cariño de las personas cuándo es verdadero, permanece.
Mi consulta de rutina resultó oportuna, pues el doctor Torres Duarte encontró un pequeño Lattice que luego de explicarme de qué se trataba, otra doctora inició el procedimiento preventivo: un pequeño láser "salvatore" que en pocos minutos solucionó el temita.
Finalmente, lo que quiero resaltar es que por lo general, una visita al Hospital nunca es agradable pero ésta fue la excepción. Fui feliz al sentirme querida.


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